El apocalipsis de Putin y Trump

Artículo publicado en El Nuevo Día.
Vladimir Putin se ha convertido en el líder ruso con más tiempo en el poder desde Josef Stalin. Su arsenal de 5,580 armas nucleares versus las 5,428 de Estados Unidos, según la Federación de Científicos Americanos, lo convierten en un potencial protagonista del exterminio de la raza humana.
Al igual que Stalin, Putin tiene una personalidad oscura, que alcanzó y mantiene el poder utilizando a la policía secreta y los aparatos represivos y de inteligencia.
Putin fue un agente de inteligencia de la KGB asignado a Dresden en la antigua Alemania Oriental. Definió el colapso de la Unión Soviética en 1991 como “la catástrofe geopolítica más grande del siglo XX”.
Su gestión y rol con la oligarquía rusa se ilustran en la serie reciente de Netflix, “Turning Point”.
Putin fue descubierto y nombrado presidente por Boris Yeltsin, el líder populista ruso que desplazó del poder a Mikael Gorbachov. Este, con sus políticas de glasnost (apertura) y perestroika (reestructuración), había iniciado el desmembramiento de la Unión Soviética y, posteriormente, su propio colapso.
Mientras estos eventos dramáticos, impensables unos años antes, ocurrían, Estados Unidos estaba inmerso, en 1992, en una campaña política entre el incumbente presidente George H.W. Bush y el joven populista William J. Clinton.
Bush fue uno de los presidentes con mayor experiencia (vicepresidente, embajador en China y en la ONU, y director de la CIA). Entendía que Estados Unidos debía ayudar económicamente a Rusia en lugar de dejarlo a su suerte. Para Clinton, lo importante era la economía nacional (“It’s the economy, stupid”).
El planteamiento populista de Clinton prevaleció electoralmente y Estados Unidos abandonó a Rusia en su derrotero actual bajo la autocracia de Putin.
Este escenario contrasta con el de finales de la Segunda Guerra Mundial cuando hombres sabios del calibre de Dean Acheson, Averell Harriman, George Kennan, Robert Lovett, John McCloy y Charles Bohlen planificaban el orden global.
Tras la derrota de Alemania y Japón se debatió la opción de desmembrar o reestructurar
estos países derrotados. Acertadamente, se optó por reestructurarlos y se establecieron en ellos gobiernos militares: en Alemania, bajo el general Lucius Clay, y en Japón, bajo el general Douglas MacArthur.
Se rescató a una Alemania que atravesaba por su “gotterdamerung” y un Japón que luchaba por sobrevivir a la secuela de los primeros y únicos bombardeos nucleares sobre un país. Se establecieron países democráticos con libertad de prensa, derechos civiles y los cimientos para un plan económico que los llevó en un plazo corto de años a la cúspide entre las cinco mayores economías del mundo.
Tres cuartos de siglo después, Alemania y Japón son países estables, prósperos, con servicios de salud y educación universal, y aliados incondicionales de Estados Unidos.
El mundo ha cambiado en el siglo XXI. En el 2003 Estados Unidos invadió al país soberano de Irak, alegando falsamente que poseía armas de destrucción masiva.
En 2022 Putin y su Ejército ruso invadieron al país soberano de Ucrania sin ninguna razón de peso en el orden internacional del derecho. Putin insiste en su agresión, y amenaza a la humanidad con un apocalipsis nuclear.
Si bien Estados Unidos pudo haber evitado el escenario que gestó a un líder como Putin, la situación se complica con la existencia de un Donald Trump, admirador de Putin y quien con palabras incendiarias lo anima a atacar a sus socios de la OTAN.
Trump promete terminar la guerra de Ucrania en unos días, evidentemente respaldando a Putin.
Trump carece de la profundidad intelectual y el bagaje histórico requeridos para lidiar con los eventos internacionales. Más aún, esta desprovisto de la estabilidad emocional y ecuanimidad indispensables que demandan los desafíos actuales.
Su tenebroso manejo de la crisis durante la pandemia es sólo una muestra de su desequilibrio sicológico.
El posible regreso de Donald Trump a la Oficina Oval, en alianza con Putin (y otros admiradores como Netanyahu, Kim Jong Un y Orban), representaría una calamidad para Puerto Rico, Estados Unidos y el planeta.